martes, 16 de marzo de 2010

mi suizidiio

Muerta «ella»; tendida, inerte, en el horrible ataúd de barnizada caoba que aún me parecía ver con sus doradas molduras de antipático brillo, ¿qué me restaba en el mundo ya? En ella cifraba yo mi luz, mi regocijo, mi ilusión, mi delicia toda..., y desaparecer así, de súbito, arrebatada en la flor de su juventud y de su seductora belleza, era tanto como decirme con melodiosa voz, la voz mágica, la voz que vibraba en mi interior produciendo acordes divinos: «Pues me amas, sígueme.»

¡Seguirla! Sí; era la única resolución digna de mi cariño, a la altura de mi dolor, y el remedio para el eterno abandono a que me condenaba la adorada criatura huyendo a lejanas regiones.

Seguirla, reunirme con ella, sorprenderla en la otra orilla del río fúnebre... y estrecharla delirante, exclamando: «Aquí estoy. ¿Creías que viviría sin ti? Mira cómo he sabido buscarte y encontrarte y evitar que de hoy más nos separe poder alguno de la tierra ni del cielo.»

............................................................................................................................................................

Determinado a realizar mi propósito, quise verificarlo en aquel mismo aposento donde se deslizaron insensiblemente tantas horas de ventura, medidas por el suave ritmo de nuestros corazones... Al entrar olvidé la desgracia, y parecióme que «ella», viva y sonriente, acudía como otras veces a mi encuentro, levantando la cortina para verme más pronto, y dejando irradiar en sus pupilas la bienvenida, y en sus mejillas el arrebol de la felicidad.

Allí estaba el amplio sofá donde nos sentábamos tan juntos como si fuese estrechísimo; allí la chimenea hacia cuya llama tendía los piececitos, y a la cual yo, envidioso, los disputaba abrigándolos con mis manos, donde cabían holgadamente; allí la butaca donde se aislaba, en los cortos instantes de enfado pueril que duplicaban el precio de las reconciliaciones; allí la gorgona de irisado vidrio de Salviati, con las últimas flores, ya secas y pálidas, que su mano había dispuesto artísticamente para festejar mi presencia... Y allí, por último, como maravillosa resurrección del pasado, inmortalizando su adorable forma, ella, ella misma... es decir, su retrato, su gran retrato de cuerpo entero, obra maestra de célebre artista, que la representaba sentada, vistiendo uno de mis trajes preferidos, la sencilla y airosa funda de blanca seda que la envolvía en una nube de espuma. Y era su actitud familiar, y eran sus ojos verdes y lumínicos que me fascinaban, y era su boca entreabierta, como para exclamar, entre halago y represión, el «¡qué tarde vienes!» de la impaciencia cariñosa; y eran sus brazos redondos, que se ceñían a mi cuello como la ola al tronco del náufrago, y era, en suma, el fidelísimo trasunto de los rasgos y colores, al través de los cuales me había cautivado un alma; imagen encantadora que significaba para mí lo mejor de la existencia... Allí, ante todo cuanto me hablaba de ella y me recordaba nuestra unión; allí, al pie del querido retrato, arrodillándome en el sofá, debía yo apretar el gatillo de la pistola inglesa de dos cañones -que lleva en su seno el remedio de todos los males y el pasaje para arribar al puerto donde «ella» me aguardaba...-. Así no se borraría de mis ojos ni un segundo su efigie: los cerraría mirándola, y volvería a abrirlos, viéndola no ya en pintura, sino en espíritu...

La tarde caía; y como deseaba contemplar a mi sabor el retrato, al apoyar en la sien el cañón de la pistola, encendí la lámpara y todas las bujías de los candelabros. Uno de tres brazos había sobre el secrétaire de palo de rosa con incrustaciones, y al acercar al pábilo el fósforo, se me ocurrió que allí dentro estarían mis cartas, mi retrato, los recuerdos de nuestra dilatada e íntima historia. Un vivaz deseo de releer aquellas páginas me impulsó a abrir el mueble.

Es de advertir que yo no poseía cartas de ella: las que recibía devolvíalas una vez leídas, por precaución, por respeto, por caballerosidad. Pensé que acaso ella no había tenido valor para destruirlas, y que de los cajoncitos del secrétaire volvería a alzarse su voz insinuante y adorada, repitiendo las dulces frases que no habían tenido tiempo de grabarse en mi memoria. No vacilé -¿vacila el que va a morir?- en descerrajar con violencia el primoroso mueblecillo. Saltó en astillas la cubierta y metí la mano febrilmente en los cajoncitos, revolviéndolos ansioso.

Sólo en uno había cartas. Los demás los llenaban cintas, joyas, dijecillos, abanicos y pañuelos perfumados. El paquete, envuelto en un trozo de rica seda brochada, lo tomé muy despacio, lo palpé como se palpa la cabeza del ser querido antes de depositar en ella un beso, y acercándome a la luz, me dispuse a leer. Era letra de ella: eran sus queridas cartas. Y mi corazón agradecía a la muerta el delicado refinamiento de haberlas guardado allí, como testimonio de su pasión, como codicilo en que me legaba su ternura.

Desaté, desdoblé, empecé a deletrear... Al pronto creía recordar las candentes frases, las apasionadas protestas y hasta las alusiones a detalles íntimos, de esos que sólo pueden conocer dos personas en el mundo. Sin embargo, a la segunda carilla un indefinible malestar, un terror vago, cruzaron por mi imaginación como cruza la bala por el aire antes de herir. Rechacé la idea; la maldije; pero volvió, volvió..., y volvió apoyada en los párrafos de la carilla tercera, donde ya hormigueaban rasgos y pormenores imposibles de referir a mi persona y a la historia de mi amor... A la cuarta carilla, ni sombra de duda pudo quedarme: la carta se había escrito a otro, y recordaba otros días, otras horas, otros sucesos, para mí desconocidos...

Repasé el resto del paquete; recorrí las cartas una por una, pues todavía la esperanza terca me convidaba a asirme de un clavo ardiendo... Quizá las demás cartas eran las mías, y sólo aquélla se había deslizado en el grupo, como aislado memento de una historia vieja y relegada al olvido... Pero al examinar los papeles, al descifrar, frotándome los ojos, un párrafo aquí y otro acullá, hube de convencerme: ninguna de las epístolas que contenía el paquete había sido dirigida a mí... Las que yo recibí y restituí con religiosidad, probablemente se encontraban incorporadas a la ceniza de la chimenea; y las que, como un tesoro, «ella» había conservado siempre, en el oculto rincón del secrétaire, en el aposento testigo de nuestra ventura..., señalaban, tan exactamente como la brújula señala al Norte, la dirección verdadera del corazón que yo juzgara orientado hacia el mío... ¡Más dolor, más infamia! De los terribles párrafos, de las páginas surcadas por rengloncitos de una letra que yo hubiese reconocido entre todas las del mundo, saqué en limpio que «tal vez».... al «mismo tiempo».... o «muy poco antes»... Y una voz irónica gritábame al oído: «¡Ahora sí.... ahora sí que debes suicidarte, desdichado!»

Lágrimas de rabia escaldaron mis pupilas; me coloqué, según había resuelto, frente al retrato; empuñé la pistola, alcé el cañón... y, apuntando fríamente, sin prisa, sin que me temblase el pulso.... con los dos tiros.... reventé los dos verdes y lumínicos ojos que me fascinaban.

ariel the necesitho

NINIO K HAWO ME HCES FALTHA MUXA FALTHA I AHORA PZ NO ME KDA MAZ K PEDIRTHE UN FAVOR,
REGREZA AUNK SEA SOLO EN SUEÑOZ I DIME A DONDE DEBO WIAR MI CAMINO, DIME K DEBO HCER,
EL ME PIDE K NO LO DEJE K LO AYUDE A SUPERAR LAS PRUEBAZ, A ZALIR DE LA TENTHACION,
IOP NO ZE K HCER, ME HCEN FALTHA THUZ KNSEJOZ, THUZ PALABRAZ K AUNK LAS ENCONTRE SIMILARES EN HWO NO ZON LAZ MIZMAZ, DESDE EL MAZ ALLA REGRESA I DAME LA LUZ DE MI KMINO, DIME DONDE AHI UNA PIEDRA I AYUDME A SALIR DE ALLI, DIME K HWO KN MI RELACION, IOP LO AMO, AHORA SI SE LO K EZ AMAR I K ALWIEN ME AME KMO IOP KERO,
PEO ME ETHAN MANDANDO PRUEBAZ MUI FUERTHES, IOP BRINQE IA 4 DE ELLAS PEO HWO ETHA KDANDO EN LA PRIMERA I NO KIERO PERDERLO I LO SABEZ
ETHA NOXE REGREZA I DALE SOLUCION A MI RESPUETHA.....

una maz

pienzo le doi vuelthaz al tema i me siwo prewunthando k he hcho mal, poqe me paza ezo a mi, kien no kiere k sea feliz, dioz ayudame, ze k no the buzco seguido peo oii pido paz en mi corazon, kiero dormir i despethar i olvidar lo k pazo, ayudame xfavor,
el dice k en thodo momentho ethuve iop, peo zi asi hubiera zido poqe zewia alimenthando ethe juewo, poqe le hce creer a la niña k aun pueden ser maz,,
zabez bn k a mi me enknthan loz mensajes de jhon, k adoro la forma en k me escribe, k ia lo extrañaba i k aunk en un pazado solo jhue amor de unos diaz lo kize inthenzamenthe, k eperaba i zoñaba el dia en k me pidiera perdon i una dizculpa po lo k pazo, i aun azi, mathe eze zueño, le dije k no poqe amo a mi ninio, i ahora lo veo kmo un amiwo no maz, alwien k knoce de mi kmo ahora hwo,
i no kai en la tenthacin de su amor, maz zin encambio hwo etha cayendo en ezas redez, i no ze hbiera dado cuentha de la forma en la k lo miraba eza ninia zi no hbiera sido po mi, zi eze dia no hbiera ido i hbiera excuchado ezas palabraz k en un momentho me parecieron thonthaz poqe iop sabia k hwo me amaba, ahora no dudo de el i de su amor, peo tenwo miedo k me lo kithen de mi lado, miedo k asi kmo llego ese amor se vaya,
el hce un momentho me dijo el tiempo dira toodo, peo si siwo descuidando ethe amor lo perdere lo se, peo kien soi iop pa negarle alwo a el, si el un dia decide marcharze k lo hga iop solo me kdare llorando kmo siempre, penzando kmo una vez me dijeron ser una ethupida po kererlo anthez de lo debido no maz..........

etho thithe


ethoii llorando.!!
ethoi mui trizte
hwitho me hzo llorar de new
me dijo lo k me presenthi
k se sienthe bn kn su mugroza
waa me lleva la chingada
iop korthandole las alaz a los k enfrenthe se me ponen
i el siwiendole el juewo a una menza
perdon la menza zoii iop
pa k sewir ethe juewo donde saldre perdiendo
no kiero desconfiar
no kiero ethar detraz de el
no kiero ser su zombra
zolo kiero k el sea feliz
nene cuidathe i sorry
si alwo en la relacion kmbia
iop no culpo al tiempo kmo thu
kien decide zomoz thu i iop......